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Cuidados al manejar una dinámica
Es un hecho que vemos lo que necesitamos
ver. Una mancha de tinta o una película
revela una amplia gama de respuestas
provenientes de diferentes individuos.
Cada percepción y su interpretación se
basan en una combinación de experiencias
históricas, necesidades del momento y
propiedades inherentes a la escena que
se percibe. Debido a que lo que se ve es
siempre producto de la combinación de lo
que se mira y lo que nos sucede en ese
instante, es imposible que dos personas
perciban siempre la misma cosa de la
misma manera.
Al hablar de congruencia en la
comunicación hay que partir de la
suposición de que distorsionamos y luego
construimos con base en estas
distorsiones. Incluso ante la actividad
más objetiva, es casi imposible evitar
nuestras visiones subjetivas alteren lo
que en realidad existe.
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Nuestros sentidos reciben la
influencia de miles de estímulos
del mundo exterior, los cuales
intentamos comprender. Lo que
finalmente percibimos es
resultado de un complejo proceso
de clasificación que dispone los
estímulos de tal manera que sean
más sencillos de asimilar,
proceso que nos ayuda a mantener
nuestro sentimiento de
seguridad. Los colores, tamaños,
formas texturas, olores,
sonidos, ritmos y gestos, así
como la esencia del tiempo, el
lugar y la historia inciden
sobre nosotros y se entrelazan
en un patrón de conducta de
respuesta. Éste llega aún a ser
más complejo cuando añadimos lo
que creemos que piensan o
sienten los demás respecto de
nuestra conducta. No sorprende
el hecho de que lo que
comunicamos y, a la vez, nos
comunican a menudo se revista de
incongruencias y se oscurezca
por sombras que nosotros mismos
proyectamos. Con frecuencia, las
distorsiones se filtran en el
presente y se mezclan de tal
forma lo real y lo imaginario,
el pasado y el presente, se
entrelazan para formar la
realidad actual. |
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A menudo no estamos conscientes de las
influencias más poderosas que actúan
sobre nuestra percepción. Las personas
representan diversos grados de
aceptación y de rechazo, de gustos y
desagrados, de recuerdos placenteros y
molestos. A partir de esta compleja
colección de estímulos, producimos un
cuadro de nuestra "realidad" y
construimos lo que parecen ser
respuestas adecuadas, todo esto para
mantener la posición e integridad dentro
de un grupo social.
Nuestra propensión a organizar los
estímulos de la manera que sea más
cómoda para nosotros, puede ser
percibida como un riesgo para la
comunicación efectiva.
Solamente los hombres y no las palabras,
son los que poseen significados en los
intentos por comunicarse entre sí. Con
demasiada frecuencia es el gesto, el
tono, la inflexión, la postura o el
contacto visual, los que contienen la
clave del mensaje real, mientras que las
palabras claras, aparentemente, sólo
proporcionan falsos puntos de partida y
puntos muertos para el escucha incauto.
Incluso cuando creemos que comprendemos
el significado de una palabra, hay
generalmente tres o cuatro variaciones
posibles de significado que se
ajustarían perfectamente a una oración.
Abundan las insinuaciones sutiles que
saturan el lenguaje y requieren de una
definición personal. A menudo, con lo
que terminamos no es más que un arreglo
provisional de palabras, condimentado
con definiciones a medias y con toda una
variedad de sentimientos.
Las personas desean agradar y ser
aceptadas. En cierta forma, ése es
nuestro talón de Aquiles, ya que nos
hace vulnerables a la influencia y al
control sutil de aquellos en quienes
buscamos la aprobación. A menudo, las
presiones nos empujan a ajustarnos, a
obedecer, a ser incongruentes con la
finalidad de recibir la aceptación final
a los ojos del otro. Nuestros esfuerzos
por ser aceptados nos vuelven sensibles
ante los mínimos indicios conductuales,
indicadores del grado de aceptación de
parte de las otras personas.
Gastamos mucho tiempo y energía en
evaluar personas y acontecimientos, pero
si hay una coda que nos ponga en guardia
es la sensación de que nosotros seamos
evaluados o etiquetados por otros.
Estamos tan habituados a juzgar a las
personas que tendemos a ser
hipersensibles ante el mismo
tratamiento. En un grupo donde se
incrementa nuestra necesidad de
aceptación, la sensación de que estamos
siendo juzgados en la forma más segura
de crear incongruencias. La comunicación
efectiva también se daña cuando los
individuos no confían lo suficiente en
una persona o grupo para compartir con
esté lo que realmente sienten o piensan.
Por supuesto, el problema es que cuando
dejamos de expresar nuestros
sentimientos, los demás tienden a leer
en esta falta de expresión lo que creen
que sentimos y pensamos y probablemente
nos califiquen como incongruentes.
La retroalimentación es el proceso por
el cual descubrimos si el mensaje que se
intentó transmitir es el que realmente
se percibió. En un sentido más simple,
la retroalimentación es de las pocas
herramientas con que contamos para
luchar contra la incongruencia.
En virtud de que el mensaje más simple
se puede malentender, lo que rápidamente
ocasiona calificativos de incongruencia,
es útil verificar el mensaje cuando sea
necesario con la otra persona.
Pero así como la retroalimentación puede
incrementar la exactitud, incluso la
sensación de ser entendido, y promueve
la cercanía y un sentido de confianza.
Asimismo, puede aumentar la comunicación
defensiva y la posición de estar en
guardia.
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